Durante décadas nos han vendido una idea, un cuento casi como un mantra: Uruguay es distinto, serio, institucional, estable. . .
Las sociedades no comienzan a colapsar y romperse solamente cuando tocan fondo económicamente. A veces comienzan a romperse antes; cuando la ciudadanía harta, deja de creer en el sistema y sus instituciones que constantemente le dan señales de que nada funciona y peor aún, nada va a cambiar.
Cuando deja de confiar, se comienza a ver que el sistema entero funciona para protegerse a sí mismo y no como la solución esperanzadora en la que muchos delegan cada 5 años.
Hoy vivimos exactamente ese fenómeno.
Tenemos un Frente Amplio golpeado por polémicas de corrupción del presidente, cuestionamientos por su constante improvisación para gobernar, narcotráfico fuera de control, asesinatos diarios, desgaste y pérdida acelerada de credibilidad ciudadana. A su vez, tenemos una oposición incapaz de transformarse en esperanza de cambio y que cuando gobernó no generó los cambios de fondo que la gente hoy estaría necesitando y que en su momento pidió.
Entre ambos extremos aparece la sensación creciente de que la política uruguaya dejó de representarnos como ciudadanos, para comenzar a administrarnos. Fruto de ello, las encuestas de opinión a ambos les da una amplia y lapidaria desaprobación, por debajo del 50%.
Durante años miramos las campañas políticas argentinas de costado, relatos, polarización, grietas y formas cada vez más vacías de hacer política. Déjeme decirlo claro, al sistema político uruguayo ya no le importa lo que hace, ni cómo lo hace.
El agotamiento es total, no estamos frente al colapso económico del 2001 Argentino, disparador de esta nota. Estamos frente al desgaste simultáneo de oficialismo, oposición y sumado a una confianza ciudadana en picada. El problema no es solamente la corrupción, o un escándalo puntual. Nunca es solamente un gobierno, el problema aparece cuando los ciudadanos ven que gobierne quien gobierne, las estructuras parasitarias permanecen intactas.
Mucho menos cuando a pesar de que cambian los nombres, permanecen los privilegios.
Cuando cambian los discursos para terminar diciendo nada, pero permanece el gasto. Cuando cambian los partidos pero permanece la misma maquinaria. Cuando las responsabilidades desaparecen. Cuando las investigaciones nunca llegan. Cuando nadie paga los costos políticos de las inoperancias y malas decisiones, cuando siempre paga la cuenta el ciudadano.
El mayor problema ya no es la polarización. Quizás sea algo peor. El corporativismo político, ese ecosistema perfectamente aceitado en donde todos compiten electoralmente, pero nadie realmente amenaza las reglas que sostienen este sistema corrupto, ni mucho menos cambiarlo.
Ese ecosistema donde los políticos discuten de día, pero que con lunch, whisky en mano, negocian de noche y al final del día siempre encuentran la forma de proteger la estructura que los mantiene vivos políticamente. Porque la realidad demuestra algo realmente duro para la ciudadanía:
La política uruguaya aprendió a administrar el descontento, no a resolverlo.
Y acá nuevamente queda de manifiesto otro problema. El extremismo de centro político. Porque mientras unos se radicalizan, otros transformaron la moderación en inmovilidad. Prometen cambios, administran continuidad. Prometen reformas, gestionan inercias. Prometen patear el tablero, terminan cuidándolo. . .
Mientras la discusión política gira alrededor de nombres, cargos, ministerios, coaliciones, relatos y operaciones, el ciudadano común sigue enfrentando inseguridad, impuestos crecientes que nunca bajan, burocracia interminable gobierno tras gobierno, regulaciones asfixiantes y una clase política cuya calidad de vida está totalmente desconectada de la realidad de los que ellos mismos administran.
Porque hay algo todavía más irritante; la política uruguaya se acostumbró a algo peligroso que la ciudadanía tolera y ya no debería: errores millonarios, endeudamiento generación tras generación, privilegios, acomodos, aumentos del Estado continuo, presión fiscal, promesas incumplidas.
En definitiva, que tolere siempre un poco más del peso del estado sobre sus hombros.
Un estado que cobra impuestos como una economía desarrollada y entrega resultados de una economía de tercer mundo.
El problema nunca fue únicamente quién gobierna. El problema aparece cuando el sistema entero comienza a parecer diseñado para protegerse a sí mismo.
Porque cuando la ciudadanía deja de confiar en el gobierno y también desconfía de la oposición, de las instituciones, de los partidos políticos y de la capacidad del propio sistema para corregirse, debe aparecer una frase como un terremoto. Una frase que retumba en el eco de los tiempos, que parecía extranjera pero que ya es nuestra.
Una frase que parecía imposible para nosotros.
QUE SE VAYAN TODOS!!!
No como consigna destructiva. Como síntoma y también como advertencia. Porque cuando una sociedad siente que nadie la representa, el problema ya no es el gobierno. Es el sistema.

