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LOS QUE NO NOS NOMBRAN

Autor
Fundador, Militante y Directivo De La Libertad Avanza
LOS QUE NO NOS NOMBRAN
"Primero te ignoran. Después se ríen. Luego te atacan. Entonces ganas."

Hay algo curioso que está pasando a raíz de mi nota anterior, se nos quiere nombrar sin nombrar; cuando una idea empieza a crecer, mientras permanece bajo el radar de la opinión pública, el sistema la ignora, cuando empieza a llamar la atención, se ríen de ella y la ridiculizan, pero cuando crece y logra conectar con el malestar de miles de ciudadanos, comienza algo distinto: los ataques.

No es casualidad, ni tampoco es nuevo, es una reacción tan vieja como la política misma, los anticuerpos de la política reaccionando a la pérdida de la narrativa del poder.

La historia reciente nos ofrece ejemplos muy claros, durante años en Argentina, gran parte del sistema político, mediático y académico intentó minimizar el crecimiento de Javier Milei. Primero fue ignorado, luego ridiculizado y más tarde fue presentado como un peligro. Lo llamaron fenómeno barrial, personaje mediático, extremista, antisistema, populista, ultraderechista y una larga lista de etiquetas que variaban según la ocasión.

Pero mientras discutían sobre la persona Milei, millones de argentinos comenzaban a discutir lo realmente importante; inflación, déficit fiscal, privilegios de "la casta política", gasto público, emisión monetaria y sobre todo, del peso del Estado sobre la vida de la gente.

Ese fue el verdadero cambio que trajo como agua fresca; la discusión dejó de girar alrededor de los políticos y comenzó a girar alrededor de las ideas. IDEAS DE LIBERTAD.

Y cuando eso ocurre, algo fundamental cambia, porque las personas pueden ser atacadas, las ideas sin embargo, cuando conectan con la realidad de la gente, son mucho más difíciles de detener, eso nos trae a nuestra realidad.

"No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo."Víctor Hugo

Durante las últimas semanas hemos visto patrones llamativos, programas de televisión, streaming, analistas, periodistas y referentes políticos, comenzaron a hablar de una nota que supuestamente leyeron "por ahí". Algunos la mencionaron indirectamente, otros hicieron referencias evidentes sin nombrar a sus autores ni el verdadero contenido, más bien a desvirtuarlo.

Varios incluso aprovecharon la ocasión para advertir sobre los supuestos peligros que representamos quienes sostenemos estas ideas. Lo curioso es que ninguno discutió el problema de fondo, la conversación rápidamente derivó hacia otra cosa; hacia nosotros.

O mejor dicho, hacia una caricatura de nosotros, porque cuando no pueden refutar el mensaje, intentan desacreditar al mensajero y cuando tampoco pueden ignorar al mensajero, intentan etiquetarlo: ultraderecha, extremistas, radicales, populistas, antidemocráticos. . .

El libreto es siempre el mismo, sin embargo, hay una pregunta que nadie parece dispuesto a responder: si nuestras ideas son tan insignificantes, ¿por qué terminan hablando de ellas? Si son tan irrelevantes, ¿por qué sienten la necesidad de advertir sobre nosotros? Si estamos tan equivocados, ¿por qué dedican tanto tiempo a atacarnos en lugar de refutar nuestros argumentos?

La respuesta es simple, la discusión ya no gira alrededor de nosotros, gira alrededor de algo mucho más profundo, gira alrededor del agotamiento de la ciudadanía con una clase política que vive en una realidad paralela, discutiendo por temas que a la gente común no le afecta ni le cambia la vida; gira alrededor de una crisis de representación política que ya no puede ocultarse detrás de slogans, relatos o campañas publicitarias rentadas.

Cada vez más uruguayos se preguntan: ¿quién nos representa realmente?

"QUE SE VAYAN TODOS" generó reacciones previsibles. Algunos entendieron perfectamente el mensaje. Otros eligieron fingir que no, ya que resulta mucho más cómodo presentar la frase como un ataque a la democracia que discutir aquello por lo cual se originó. Y ahí aparece una manipulación intelectual que merece ser denunciada:

Cuestionar a la clase política no es cuestionar la democracia. Cuestionar a los partidos no es cuestionar la democracia. Cuestionar a quienes administran el poder tampoco es cuestionar la democracia.

De hecho, ocurre exactamente lo contrario, la democracia se fortalece y sale beneficiada cuando los ciudadanos pueden señalar los errores, privilegios, fracasos e inoperancias de quienes gobiernan sin ser tratados como enemigos del sistema.

"QUE SE VAYAN TODOS" tiene una carga simbólica e histórica muy fuerte en el Río de la Plata; nos retrotrae a una de las peores crisis económicas, pero por sobre todo, a un descreimiento de la representación política, desde la vuelta a la democracia a ambos márgenes del Río de la Plata, ¿les suena? . . .

Por eso algunos analistas y comunicadores pueden interpretarla como una amenaza al sistema democrático, mientras que quienes la utilizamos la vemos como una crítica al funcionamiento del sistema político, no necesariamente a la democracia en sí.

Hay una diferencia importante entre estas dos ideas: entre que la democracia no sirve, o que los partidos políticos, dirigentes e instituciones actuales no están representando a los ciudadanos. La primera cuestiona la democracia como sistema. La segunda cuestiona a quienes ejercen el poder dentro de ese sistema y se sirven de él.

La democracia no se fortalece obligando a la gente a confiar; se fortalece cuando las instituciones recuperan la confianza que perdieron. Llamar antidemocrática a toda crítica al sistema político es una forma de evitar el debate sobre los problemas reales, que desde hace décadas, ningún partido sin excepción ha sabido solucionar.

Desde un punto de vista comunicacional, lo que ocurre en este tipo de discusiones es que la controversia beneficia a quien logra imponer el marco interpretativo. Si el marco pasa a ser "son extremistas peligrosos", nos obliga a jugar a la defensiva. Si el marco pasa a ser "¿por qué tanta gente siente que ya no está representada?", el relato gira alrededor del problema real de representación, con una confianza en el sistema político de menos del 40% en promedio tanto en el oficialismo como en la oposición.

Y hay otro detalle que no es menor: si programas de televisión, streaming o comentaristas están dedicando tiempo a hablar de una nota que "nadie leyó por ahí", aunque sea para criticarla, significa que el mensaje logró atravesar su círculo original y entrar en la conversación pública, consiguiendo que el tema a la larga sea imposible de ignorar.

La democracia, por tanto, no consiste en obedecer al político de turno, consiste en controlar al poder; sin embargo, algunos dinosaurios parecen haber confundido ambas cosas. Creen que criticar a los gobernantes es atacar a las instituciones, creen que cuestionar al sistema político es cuestionar a la democracia misma, pero sobre todo creen que cualquier ciudadano que exprese su hartazgo debe ser rápidamente etiquetado para evitar que otros lo escuchen y escale el discurso.

Pero el problema para ellos es que la realidad existe. Existe la inseguridad, existe la burocracia desmedida, existe la presión fiscal, existe el crecimiento permanente y sostenido del Estado, existe la pérdida de confianza en las instituciones. Pero sobre todo existe la sensación de hartazgo de que gobierne quien gobierne, las estructuras y los privilegios permanecen intactos.

Una realidad tan dura, como la de que los políticos entran pobres y salen millonarios al final del período de gobierno.

"Podés negar la realidad pero no las consecuencias de negar la realidad."Ayn Rand

Y ninguna operación mediática puede hacer desaparecer esos problemas, por eso intentan cambiar el ángulo de la discusión para desviarla. Porque discutir nuestras ideas implica discutir sus privilegios, discutir nuestras preguntas implica discutir sus responsabilidades, discutir nuestros diagnósticos implica explicarle a una ciudadanía cansada de sus mentiras, décadas de promesas incumplidas.

Resulta mucho más sencillo hablar de los supuestos peligros de quienes denunciamos el problema que del problema mismo, pero la reacción que estamos viendo tiene otra lectura. Una lectura mucho más interesante, porque durante mucho tiempo nos ignoraron, se rieron, ahora nos atacan y lo hacen incluso sin nombrarnos.

Nos describen, nos sugieren, nos insinúan, nos señalan entre líneas; como si pronunciar nuestro nombre pudiera hacernos crecer. . . como si mencionar una idea nuestra fuera más peligroso que enfrentarla, y quizás ahí se encuentra la clave de todo esto, porque lo que realmente temen no es un nombre, no es LA LIBERTAD AVANZA, no es un dirigente; lo que realmente temen es perder el monopolio del relato en la conversación pública.

Temen que la ciudadanía empiece a formular preguntas que durante décadas nadie quiso formular, tienen miedo de que los privilegios de la casta política dejen de ser normales. Temen que el gasto deje de considerarse inevitable, que los ciudadanos dejen de conformarse con administrar la decadencia. Temen que la moderación deje de ser utilizada como excusa para la inmovilidad, temen que la gente descubra que muchas veces aquello que se presenta como consenso partidario no es más que un acuerdo entre quienes viven de la política (como el HyundaiGate de la camioneta del presidente).

Por eso las etiquetas, por eso los ataques, por eso los intentos permanentes de asociar cualquier cuestionamiento profundo con el extremismo o con un supuesto peligro institucional, porque es más fácil generar miedo en la gente que responder preguntas. Pero hay algo que la historia demuestra una y otra vez.

Cuando una sociedad comienza a perder la confianza en quienes la gobiernan, los ataques ya no alcanzan. Cuando los problemas se vuelven cotidianos, las etiquetas pierden efectividad, por el contrario se vuelven galones en nuestros hombros, y cuando una idea logra expresar un sentimiento que millones ya tienen, el silencio deja de ser una opción.

La verdadera pregunta ya no es quiénes somos, la verdadera pregunta es por qué les incomodan tanto nuestras ideas: ¿por qué genera tanta resistencia hablar de los privilegios políticos? ¿Por qué genera tanta incomodidad discutir el tamaño del Estado? ¿Por qué molesta tanto señalar la desconexión entre la clase política y la realidad palpable de los ciudadanos de a pie? ¿Por qué resulta más fácil atacar a quien formula la pregunta que responderla?

Quizás porque la discusión ya dejó de ser sobre nombres, quizás porque la discusión ya dejó de ser sobre partidos, quizás porque la ciudadanía comenzó a mirar detrás del telón y no les gusta lo que ve.

Y cuando eso ocurre, las viejas herramientas de control dejan de funcionar, porque las ideas no crecen porque las nombren, crecen porque describen algo que millones de personas ya sienten. Y cuando una idea logra ponerle palabras a un malestar que estaba disperso, el sistema entero empieza a tambalear.

Por eso nos ignoran. Por eso se ríen. Por eso nos atacan.
Y por eso sabemos que recién estamos empezando.

Y vamos a ganar.
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