Una falsedad instalada como sentido común
Desde hace años, la izquierda marxista y el denominado socialismo del siglo XXI vienen impulsando una operación cultural sistemática: asociar a las derechas liberales con el nazismo. No se trata de un error conceptual ni de ignorancia histórica, sino de una estrategia deliberada de deslegitimación moral que evita el debate de ideas y reemplaza la razón por el estigma.
Esta narrativa busca instalar como verdad que defender la libertad individual, la propiedad privada y la limitación del poder estatal equivale a adherir a ideologías genocidas. El objetivo no es convencer, sino disciplinar culturalmente a la sociedad y, especialmente, a las nuevas generaciones.
El liberalismo y su principio irrenunciable
El liberalismo clásico, desde John Locke hasta Friedrich Hayek, se funda sobre un principio central e innegociable: limitar al máximo el poder del Estado sobre la vida de las personas. Su razón de ser es evitar la concentración de poder, entendiendo que allí donde el poder se expande sin límites, la libertad retrocede.
"El problema no es quién gobierna, sino cuánto poder tiene para imponer su voluntad." — Friedrich A. Hayek
El liberalismo no propone una ingeniería social ni una moral única. Propone reglas generales, instituciones fuertes y un Estado sometido al Derecho, cuya función sea proteger derechos preexistentes y no moldear al individuo según un proyecto colectivo.
Nazismo, fascismo y socialismo: una misma lógica estatista
A diferencia de lo que sostiene la narrativa de izquierda, el nazismo no es el opuesto del socialismo. Comparten un rasgo estructural esencial: la expansión extrema del poder estatal y la subordinación del individuo al colectivo.
Tanto el nacionalsocialismo alemán como el fascismo italiano y los socialismos reales del siglo XX se caracterizaron por la planificación económica, el control de los medios, la persecución del disidente y la politización total de la vida social.
"El socialismo no es un error bien intencionado; es una doctrina que necesariamente conduce a la coerción." — Ludwig von Mises
Como señalan autores contemporáneos como Axel Kaiser y Javier Milei, estas ideologías no son opuestas, sino variantes de una misma matriz colectivista que justifica el poder ilimitado del Estado en nombre de un bien superior.
La manipulación histórica como arma política
Asociar liberalismo con nazismo implica ignorar que el régimen nazi persiguió sistemáticamente a liberales, cerró mercados, controló precios, nacionalizó sectores estratégicos y abolió libertades civiles. No hay nada más ajeno al liberalismo que un Estado totalitario.
Agustín Laje y Nicolás Márquez han documentado cómo esta manipulación histórica cumple una función pedagógica: enseñar que cualquier resistencia al estatismo es moralmente sospechosa.
La batalla cultural como deber ciudadano
La disputa no es meramente electoral. Es cultural, educativa y moral. Se libra en universidades, medios de comunicación, escuelas, redes sociales y conversaciones cotidianas.
Cada ciudadano que estudia, lee, contrasta fuentes y discute con argumentos se convierte en un contrapeso político. La verdad no se impone por decreto: se defiende con conocimiento.
"La batalla cultural es previa y superior a la batalla política." — Agustín Laje
La verdad como punta de lanza
No podemos permitir que se nos asocie con ideologías que están en nuestras antípodas morales, políticas y doctrinarias. Defender la libertad no es extremismo: es civilización.
La izquierda necesita la mentira para sostener su relato. El liberalismo solo necesita una cosa: la verdad. Y es precisamente eso lo que debemos poner en el centro de la batalla cultural.

