Irán y la quiebra moral de la política uruguaya
Irán no es un caso ambiguo ni una zona gris del sistema internacional. Es una teocracia autoritaria donde el Estado decide cómo deben vestirse las mujeres, qué pueden decir los ciudadanos, a quién se puede amar y, en última instancia, quién merece vivir. La represión no es un exceso: es el mecanismo normal de gobierno. Sin embargo, frente a esta realidad, la política uruguaya ofrece un espectáculo revelador de silencios, excusas y cobardías.
La izquierda y el colapso de su superioridad moral
La izquierda uruguaya ha construido durante décadas una identidad basada en una supuesta autoridad ética: defensora de los derechos humanos, portavoz de los oprimidos, etc. Pero Irán desnuda el carácter ficticio de esa superioridad moral. Cuando el opresor no responde al estereotipo del “imperialismo occidental”, el discurso se evapora. No hay condenas firmes, no hay movilizaciones, no hay indignación sostenida. Las mujeres iraníes golpeadas por la policía, los manifestantes reprimidos, los presos políticos torturados, no merecen el mismo fervor que otras causas más funcionales al relato progresista. El argumento implícito es siempre el mismo: relativizar. Contextualizar. Mirar hacia otro lado. Hablar de soberanía, cultura o geopolítica mientras personas reales son asesinadas por desafiar un régimen totalmente autoritario. Ese no es un error político: es una decisión ideológica. La izquierda no ignora lo que ocurre en Irán. Lo tolera. Porque condenarlo con claridad implicaría admitir que existen regímenes brutalmente opresivos que no encajan en su mapa moral simplificado. Y eso haría estallar el relato.
Feminismo selectivo: cuando las mujeres no importan
El silencio es todavía más obsceno cuando se observa desde la perspectiva del feminismo institucional. Un movimiento que se presenta como defensor universal de los derechos de las mujeres guarda silencio ante un régimen que las reduce legalmente a ciudadanas de segunda categoría. En Irán, una mujer puede ser detenida, golpeada o asesinada por mostrar su cabello. Puede valer legalmente menos que un hombre ante un tribunal. Puede ser castigada por exigir autonomía sobre su propio cuerpo. Y, aun así, las estructuras feministas alineadas con la izquierda uruguaya no consideran prioritario alzar la voz. Esto deja al descubierto una verdad incómoda: el feminismo institucional no defiende a las mujeres, defiende un proyecto político. Cuando las víctimas no sirven a ese proyecto, se vuelven invisibles.
La Coalición Republicana: libertad declamada, nunca ejercida
Si la izquierda calla por ideología, la Coalición Republicana calla por comodidad. Su discurso en favor de la democracia y la libertad se disuelve cuando defender esos valores implica incomodar, tomar posición o asumir costos políticos. No hay liderazgo moral, no hay iniciativa clara, no hay voluntad de decir lo evidente: Irán es un régimen criminal y quienes se rebelan contra él merecen respaldo explícito. La prudencia diplomática se convierte en excusa permanente y la libertad queda reducida a una consigna vacía. La indiferencia también es una forma de complicidad. Y la Coalición Republicana ha elegido la neutralidad frente a una de las violaciones más flagrantes de derechos humanos del presente.
Libertad Avanza: una anomalía incómoda
En este panorama de silencios cruzados, Libertad Avanza emerge como una anomalía política. Ha sido el único partido en Uruguay que ha condenado sin ambigüedades la represión en Irán y que ha defendido abiertamente al pueblo iraní, sin matices, sin excusas y sin cálculo electoral. No porque sea conveniente, sino porque es coherente. Porque entiende que los derechos humanos no se negocian, no se jerarquizan y no se subordinan a simpatías ideológicas. La libertad es un principio, no un recurso discursivo.
Irán como prueba definitiva
Irán funciona hoy como una prueba moral. Una prueba que gran parte del sistema político uruguayo ha reprobado. Revela quién utiliza los derechos humanos como bandera selectiva, quién los reduce a retórica diplomática y quién está dispuesto a defenderlos incluso cuando no es rentable. La libertad no admite silencios estratégicos. La dignidad humana no depende del color ideológico del opresor. Y cuando quienes dicen defender esos valores callan, dejan de ser defensores y pasan a ser parte del problema.

