Este tema lo venimos advirtiendo desde La Libertad Avanza en Uruguay
Ante la entrada en vigencia el pasado 17 de marzo de la ley "Estatuto Digital de Niños y Adolescentes", impulsada por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil da un paso firme hacia un nuevo modelo de regulación del entorno digital, donde el foco ya no está únicamente en los usuarios, sino en el funcionamiento del sistema en sí.
Esta normativa —Ley N.º 15.211/2025— establece un marco integral de protección para niños y adolescentes en Internet, aplicable a plataformas digitales, redes sociales y servicios en línea.
Su entrada en vigor marca un punto de inflexión en América Latina: por primera vez se imponen obligaciones concretas a las plataformas respecto al diseño de sus sistemas, la seguridad y la interacción con usuarios menores de edad.
Entre sus principales disposiciones se destacan:
- la verificación obligatoria de mecanismos de protección activados por defecto en cuentas de menores
- limitaciones a funcionalidades altamente adictivas (como scroll infinito o reproducción automática)
- restricciones de acceso a contenidos inapropiados
- mayor capacidad de supervisión estatal sobre las plataformas
Estas medidas responden a una preocupación creciente y legítima: la exposición intensiva de niños y adolescentes a entornos digitales diseñados para captar y retener su atención.
Y es importante decirlo sin ambigüedades, el problema existe, es real y es grave.
No estamos frente a una discusión teórica ni ideológica.
Estamos frente a un fenómeno que está afectando la salud mental, el desarrollo emocional y la vida cotidiana de millones de jóvenes.
Pero reconocer el problema no implica aceptar cualquier solución y este es el punto.
Porque en nombre de proteger, el mundo está empezando a transitar un camino que puede ser igual o más peligroso, el avance del control sobre la información.
Lo que ya sabemos: el daño es real
Hoy existe suficiente evidencia empírica y clínica desde la psicología, la psiquiatría y la ciencia, para afirmar que la exposición intensiva a redes sociales puede generar efectos negativos, especialmente en menores.
Entre los más relevantes se encuentran el aumento de la ansiedad y la depresión, alteraciones del sueño, dependencia conductual (uso compulsivo), disminución de la capacidad de concentración, exposición precoz a contenidos inapropiados, impacto en la autoestima (comparación constante) entre otros.
Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube no son entornos neutrales.
Están diseñadas bajo una lógica muy precisa, la de la Economía de la atención.
Es decir, captar atención, retener al usuario y maximizar el tiempo de exposición.
Y lo hacen utilizando mecanismos que apelan directamente a circuitos de recompensa del cerebro. En adultos esto ya genera problemas, y en menores, cuyos sistemas cognitivos y emocionales aún están en desarrollo, el impacto puede ser significativamente mayor.
Por lo tanto, negar el problema sería irresponsable. Pero sobre reaccionar también lo es.
El giro global: de la preocupación al control
Frente a este escenario, muchos gobiernos han comenzado a actuar.
Se habla de verificación obligatoria de identidad, limitación del acceso por edad, regulación de contenidos, intervención sobre algoritmos.
El argumento es claro: proteger a los menores. Y en principio, parece razonable.
Sin embargo, hay un punto crítico que no puede ignorarse: cuando el Estado empieza a decidir qué debe verse, cómo debe verse y quién puede acceder, la línea entre protección y control se vuelve extremadamente delgada.
La nueva forma de censura
La censura del siglo XXI no es evidente, no necesita prohibiciones explícitas. Funciona de forma más sofisticada, contenidos que dejan de mostrarse, algoritmos que priorizan ciertos discursos, normas ambiguas que desalientan la expresión, presión indirecta sobre plataformas.
No se elimina la libertad formal. Se condiciona la libertad real.
Y ahí es donde aparece el riesgo de lo que algunos han comenzado a llamar —no sin controversia— una forma de "Gestapo digital" (Marcelo Garaza lo describe muy bien en su artículo redactado el pasado 12 de febrero en este blog) no una policía visible, sino un sistema de vigilancia, regulación y control difuso sobre la información.
Puede parecer un concepto extremo, pero apunta a una preocupación concreta: la concentración del poder de decidir qué circula y qué no.
El error de enfoque
El problema central no es que los jóvenes tengan acceso a la información.
El problema es otro; los adultos no fueron preparados para acompañarlos en ese entorno.
Las generaciones actuales de padres crecieron en un mundo sin algoritmos, sin redes sociales y sin economías de atención. Hoy deben educar en un terreno que no dominan y ahí es donde aparece el verdadero vacío, la falta de comprensión, la falta de herramientas, la falta de estrategias de acompañamiento.
Pretender resolver esto solo con leyes es ignorar la raíz del problema.
Una alternativa posible: libertad con responsabilidad
Frente a este escenario, se abren dos caminos.
El camino del control:
- más regulación estatal
- más intervención sobre contenidos
- más supervisión centralizada
Es el camino más rápido. Pero también el más riesgoso en términos de libertades.
El camino de la educación
Una alternativa más compleja, pero más sólida: fortalecer a los adultos en lugar de reemplazarlos
Esto implica alfabetización digital masiva, comprensión del funcionamiento de las plataformas, herramientas concretas de control parental, criterios claros según la edad, desarrollo de pensamiento crítico en menores (lo cual no es un detalle menor).
No se trata de abandonar la regulación, sino de cambiar el foco: menos control sobre las personas, más control sobre los sistemas y más formación en la sociedad.
El rol insustituible de la familia
Ninguna política pública puede reemplazar el rol de un adulto presente. Puede regular, limitar, advertir, sancionar. Puede incluso obligar a las plataformas —como Meta, TikTok o Google— a rediseñar entornos más seguros. Pero no puede sentarse al lado de un adolescente a preguntarle qué siente después de ver cierto contenido. No puede detectar un cambio de ánimo, una angustia silenciosa o una exposición que empieza a volverse dañina.
Ningún algoritmo puede enseñar criterio.
Las plataformas funcionan optimizando la atención, no formando pensamiento crítico. Los sistemas de recomendación están diseñados para mostrar más de lo que retiene al usuario, no necesariamente lo que lo construye como persona. En ese contexto, pretender que un menor —cuyo cerebro aún está en desarrollo— pueda autorregular su consumo digital sin guía adulta es, en el mejor de los casos, ingenuo.
Ninguna ley puede generar vínculo.
El vínculo se construye en la cotidianeidad: en una conversación durante la cena, en un "mostrame qué estás viendo", en un límite puesto a tiempo, en un "esto no te hace bien" dicho con autoridad y afecto. La ley puede establecer marcos, pero no puede crear ese entramado emocional que es el verdadero factor protector.
Alfabetización digital, herramientas para el establecimiento de límites, comprensión del impacto neuropsicológico de las redes, estrategias de comunicación con adolescentes.
Porque el verdadero desafío no es solo restringir el acceso, sino formar criterio.
Y el criterio no se descarga, no se programa, no se legisla.
Se transmite.
En definitiva, si bien el Estado puede —y debe— intervenir para ordenar un entorno digital que hoy muchas veces resulta hostil para los menores, la base sigue estando en otro lugar: en la familia. En adultos que acompañen, que observen, que intervengan. Que sepan decir que no, pero también explicar por qué.
Sin ese anclaje, cualquier regulación corre el riesgo de ser apenas un marco formal.
Con él, en cambio, se convierte en una verdadera herramienta de protección y desarrollo.
Libertad, protección y responsabilidad
El desafío no es menor.
Se trata de encontrar un equilibrio entre proteger a los menores, preservar la libertad de expresión y evitar el avance excesivo del Estado.
Porque una sociedad que cede libertad en nombre de la protección, corre el riesgo de perder ambas.
Idea central
La verdadera discusión no es redes sí o redes no.
La verdadera discusión es:
¿Vamos a formar ciudadanos capaces de decidir, o vamos a delegar esa decisión en sistemas de control?
Conclusión
Sí, las redes sociales pueden generar daño en menores.
Sí, es necesario actuar.
Sí, el problema es urgente.
Pero no todo vale.
El camino más fácil —regular, limitar, controlar— puede traer consecuencias profundas a largo plazo.
El camino más difícil —educar, acompañar, responsabilizar— es más lento, pero más consistente con una sociedad libre.
Porque al final, la pregunta no es tecnológica.
Es política, cultural y ética:
¿queremos una sociedad protegida… o una sociedad libre, educada y responsable?
Lic. Fabiana Paula

